BITÁCORA DEL BÚHO / Ruddy Orellana V.
Hay silencios que gritan más fuerte que cualquier consigna. Silencios cuidadosamente administrados, estratégicos, cobardes. El silencio de buena parte del feminismo institucional, de los defensores autoproclamados de los derechos humanos, del activismo “woke” y de los movimientos progresistas occidentales frente a la represión y la matanza en Irán no es neutralidad: es complicidad moral.
¿Dónde están los, las y “les” activistas de mierda, ahora que Irán arde?
Cuando las balas, las ejecuciones, las torturas y las desapariciones caen sobre miles de iraníes —mujeres y hombres— el coro de indignación global se apaga. No hay hashtags virales. No hay pañuelos simbólicos. No hay celebridades llorando frente a cámaras. No hay comunicados urgentes ni marchas multitudinarias en capitales europeas. Hay, en el mejor de los casos, un murmullo incómodo. En el peor, un silencio absoluto.
Feminismo selectivo: mujeres que importan y mujeres que no.
Durante años, el feminismo hegemónico ha repetido que “si tocan a una, nos tocan a todas”. La pregunta es inevitable: ¿todas quiénes?
Las mujeres iraníes que protestan contra un régimen teocrático, que desafían leyes medievales, que arriesgan la vida por quitarse un velo impuesto a punta de fusil, parecen no encajar en el relato. No son útiles para la narrativa ideológica dominante. Su opresor no es un “hombre blanco occidental”, sino un Estado autoritario con justificación religiosa. Y eso incomoda.
¿Dónde están los, las y “les” activistas de mierda, ahora que Irán arde?
El resultado es un feminismo que denuncia con furia microagresiones verbales en universidades occidentales, pero guarda silencio ante violaciones sistemáticas, ejecuciones y asesinatos de mujeres reales, con nombres, cuerpos y tumbas.
No es feminismo. Es marketing político.
Los derechos humanos se han convertido, para muchos activistas, en una herramienta selectiva, no en un principio universal. Se defienden cuando sirven para atacar a ciertos Estados o reforzar determinadas agendas. Se relativizan cuando el agresor no encaja en el villano conveniente.
¿Dónde están los, las y “les” activistas de mierda, ahora que Irán arde?
Irán no es un caso ambiguo. No es un conflicto de interpretaciones culturales. Es un régimen que reprime, encarcela, tortura y mata a su propia población. Sin embargo, los grandes referentes del activismo global prefieren mirar hacia otro lado, emitir comunicados tibios o perderse en matices absurdos.
La pregunta es brutal pero legítima:
¿Cuántos muertos hacen falta para que la causa sea “digna” de atención?
El activismo contemporáneo se ha vuelto cómodo. Valiente en redes sociales, dócil frente al poder real. Protesta donde no hay costo, calla donde hay riesgo. Señala con el dedo al adversario habitual, pero evita confrontar a regímenes brutales si eso implica salir del guion ideológico.
¿Dónde están los, las y “les” activistas de mierda, ahora que Irán arde?
Criticar a Irán con claridad implica denunciar el autoritarismo religioso, el relativismo cultural mal entendido y la mentira de que todas las formas de “resistencia al Occidente” son automáticamente progresistas. Y muchos no están dispuestos a hacerlo.
Porque entonces habría que admitir que no todas las opresiones encajan en el mismo esquema, y que el mundo es más complejo que los eslóganes.
¿Dónde están las ONG ruidosas?
¿Dónde están las marchas masivas?
¿Dónde están las portadas indignadas?
¿Dónde están las voces que dicen hablar “por los que no tienen voz”?
El silencio no es ignorancia. Es elección.
Y esa elección revela una verdad incómoda: para una parte del activismo global, no todas las vidas valen lo mismo, no todas las muertes merecen duelo, no todas las injusticias merecen rabia.
Lo que ocurre en Irán no expone solo la brutalidad de un régimen. Expone algo más profundo y más vergonzoso: la bancarrota moral de un activismo que se presenta como universal, pero actúa de manera tribal; que habla de justicia, pero practica la conveniencia; que grita mucho, pero solo cuando conviene.
La historia no absolverá estos silencios.
Y las víctimas tampoco.
¿Dónde están los, las y “les” activistas de mierda, ahora que Irán arde?
El autor es comunicador social.










